lunes, 26 de abril de 2021

Oscars 93: Resistencia, Distancia y una Misión Cumplida



La pandemia mundial acaecida por el virus COVID-19 tiró al suelo la temporada de premios. Todos los grandes circuitos, festivales de cine y jornadas de proyección dieron paso a sistemas de streaming, ceremonias virtuales y discursos vía Zoom desde dormitorios o salas de estar. La única organización que parcialmente se negó a eso fue la Academia, y estratégicamente decidió postergar la ceremonia 93 de entrega de los Oscar por dos meses de su fecha original. Llámenlo resistencia o tozudez, pero de que funcionó, realmente funcionó.

 

Si bien la ceremonia fue anticipada por una cantidad importante de cambios previos a las modificaciones relacionadas con la pandemia, llevar a cabo un evento “normal” fue un desafío mayor. Steven Soderbergh, Stacey Sher y Jesse Collins, productores de la ceremonia, no se limitaron al momento de tomar decisiones. Mascarillas, sanitizaciones, hasta 3 PCRs por cada asistente y cambiar el lugar del evento fueron algunas de ellas. Cambiar la locación principal del Dolby Theater a la Union Station de la ciudad de Los Angeles, elegida por el espacio que permitía cumplir con el aforo solicitado por norma sanitaria, fue crucial. Además, los productores se negaron a incluir discursos a través Zoom, pero sí enviaron equipos para transmisión vía satélite y habilitaron puntos de encuentro en diferentes partes del mundo como Londres, Berlín, Roma, París, Sydney, Dublín, Seúl, entre otros, permitiendo que los nominados que no viajaron a L.A. pudieran ser parte de la ceremonia y, en varios casos, poder recibir su premio como corresponde. Sólo 19 presentadores (bajísimo en comparación a los 42 de la ceremonia anterior) y los nominados con sus acompañantes fueron las únicas personas que acudieron al llamado de la Academia. Pero seamos sinceros: con todos esos cambios, ¿pudo cumplir la ceremonia?

 

Dar una respuesta exacta es difícil. Es claro que dista años luz de lo que es una ceremonia estándar de los Oscar, y de hecho se caracterizó por momentos bastante desconcertantes. Como ejemplo: Las canciones nominadas fueron interpretadas y grabadas con anterioridad, y exhibidas durante el pre-show, algo bastante extraño pero entendible, incluso en un año que la categoría de Mejor Canción Original fue bastante deplorable—a modo personal, 4 canciones de créditos que te hacían dormir más que emocionar y 1 canción de trama en una película con pocas posibilidades hicieron que perdiera la esperanza en la categoría y es un llamado a retomar el atractivo y significancia de estas en un film. Pero más me llamó la atención la decisión de mover ciertas categorías dentro de la programación: Mejor Dirección fue el quinto galardón entregado cuando usualmente es uno de los últimos, y Mejor Película vino antes de Mejor Actriz y Mejor Actor. Esta última categoría, tal vez me equivoque, pudo ser movida al final con la intención de homenajear al fallecido Chadwick Boseman si es que ganaba (algo adicional a que apareciera en ese In Memoriam lleno de muchos rostros connotados y en velocidad x2). Sin embargo, los votantes dijeron otra cosa y fue Sir Anthony Hopkins quien ganó ese merecido Oscar por su papel en The Father (o era Sir Anthony o el espectacular Riz Ahmed), llevando a un término repentino de la ceremonia y que dejó muchas dudas por lo que pasó.

 

A pesar de esos y otros tantos momentos extraños que nos dejó la ceremonia, no había mucho más que alcanzar. Seamos sensatos: sólo eso era lo que se podía hacer. Presentar una suerte de austeridad, acudir a los aspectos más personales de los miembros de la industria (presentar a los nominados con alguna anécdota de sus vidas, por ejemplo) y no limitar el tiempo para los discursos (Thomas Vinterberg contó todo lo que quiso, pero valió la pena) fue un intento leve pero valorable de acercar la ceremonia a la realidad que vive la humanidad en estos tiempos difíciles, y tal vez entregar un pequeño halo de futura felicidad pensando en que muy pronto podremos volver a nuestra nueva realidad. Junto con una amplia pero sutil inmersión hacia la tan anhelada diversidad de género, edad y raza (Chloé Zhao es la máxima expresión de ello). Eso tal vez fue lo que hizo que la ceremonia estuviera lejos de perfecta, pero la intención la convirtió en un evento especial para muchos, y de forma particular para los chilenos.

 

Y si, obviamente esta ceremonia era muy especial para nosotros como chilenos. El Agente Topo, dirigida por Maite Alberdi, estaba nominada a Mejor Documental, y su octogenario protagonista, don Sergio Chamy, pudo viajar a Los Angeles (su primera vez en avión) y estar en la ceremonia. De alguna forma, todos acompañamos al equipo en su cruzada en Los Ángeles, y teníamos una distante esperanza de que trajeran el premio a casa. Lamentablemente no fue así, y el documental My Octopus Teacher ganó la categoría. Pero a pesar de no ganar, queda una satisfacción que reconforta de muchas maneras. Primero, el enfoque mediático en el viaje de don Sergio, quien no había salido jamás de Chile y mucho menos viajado en avión, nos llevó a conectar con el mensaje que tiene la película en sí: la vejez no puede ser una etapa de sufrimiento y abandono, y es algo que no podemos olvidar. Si hay un don Sergio que tuvo la suerte de estar en la ceremonia en la meca del cine mundial, también hay una Bertita que buscaba el cariño de los seres humanos, que buscaba la felicidad en sus poemas y que finalmente mueren solos y abandonados afectivamente. Si hay algo que aprender de lo que vivió don Sergio, es que debemos buscar que todos nuestros adultos mayores lleguen a vivir algo similar, un cariño similar, no de la misma forma, pero que en el fondo sea igual de potente.

 

Por otro lado, nuestro agente y las realizadoras cumplieron una misión más profunda de lo que se cree. Si bien no ganaron, estuvieron ahí, en un momento en que me alegra decir que la presencia de cineastas de Chile ya no es una simple casualidad del destino. Quedamos atónitos cuando No obtuvo la nominación en 2013. Celebramos los triunfos de Historia de un Oso y Una Mujer Fantástica, y hoy debemos celebrar a El Agente Topo por marcar presencia, por convertir al cine chileno en un recurrente de los circuitos de premios, por darnos la seguridad que los Premios Oscar pueden llegar a esta larga y pisoteada franja de tierra. Don Sergio, Maite y Marcela no fueron como invitados especiales, fueron como parte de una comunidad cinematográfica que lentamente se abre a más países. Los Premios Oscar ya no son un anhelo inalcanzable, son una parte de la historia del cine chileno, y Agente Topo lo reforzó flamantemente este domingo.

 

Es así como después de dos meses extra de espera al tiempo habitual, ayer volvimos a revivir ese momento en que un grupo de cineastas y sus trabajos pueden alcanzar la cúspide de sus carreras, un alto punto de partida, o una despedida con laureles. Muchos tratan de negar la importancia de los Oscars, pero es increíble que entre más la niegan, más pendientes están de ellos—93 años de historia avalan su vigencia que, aunque tambalea fuertemente cada cierto tiempo, se aferra firmemente al aprecio por el séptimo arte. Es innegable que la ceremonia de ayer no es la que queríamos, pero si fue la que necesitábamos. No se trató sólo de olvidar las fallas técnicas, las pesadillas de Zoom y los espacios reducidos, se trató de demostrar que más tarde que temprano, algo cercano a nuestra cotidianeidad podrá volver. Bryan Cranston mencionó con seguridad que el próximo año volverían al Teatro Dolby. Frances McDormand dijo que volveríamos a los cines. Ambas declaraciones cargadas de esperanza que, tal como nosotros con nuestro Agente Topo, sólo responderá a retomar una distante realidad que ayer se vio más cercana que nunca, como uno de esos sueños que las películas nos muestran y seguirán mostrando año tras año.

domingo, 7 de marzo de 2021

20 Años de Pampa Ilusión: Méritos y Lecciones de un Magnus Opus de la TV

Afiche promocional de la teleserie

Un vehículo antiguo conducido por un elegante e impecable caballero se acerca a un grupo de obreros vestidos de blanco, tostados por el abrazador sol del desierto de Atacama, agotados por las eternas horas de trabajo y que huyen ante una inminente explosión. Esta postal es la perfecta descripción de lo que fueron los años de la época del salitre, tiempos de apogeo económico para Chile gracias a la extracción del mineral blanco, y forjado a punta de excesos, maltratos y penurias. Pero en realidad, dicha descripción corresponde a los primeros minutos del primer episodio de Pampa Ilusión, teleserie emitida por TVN entre el 07 de marzo y el 03 de agosto de 2001. Hoy se cumplen 20 años desde la emisión de esta magnífica producción de época ambientada en la década de 1930, cúspide y caída del auge salitrero. Para muchos, esta teleserie es una más de las tantas que produjo TVN en su mejor momento. Para mí, es definitivamente un hito televisivo cuyos logros no se valoran lo suficiente, y que marcó estándares de producción que se han olvidado en el tiempo.

Antes de expandir la idea, siempre es bueno establecer contexto. Pampa Ilusión fue el producto del equipo estrella de las teleseries de TVN: Víctor Carrasco en el guion, Pablo Ávila y Daniela Demicheli en la producción, y Vicente Sabatini en la dirección. Esta teleserie aborda el regreso de Inés Clark (Claudia Di Girólamo) a la oficina salitrera llamada “Pampa Ilusión” en busca de respuestas por parte de su padre, William Clark (Héctor Noguera), dueño de la salitrera y quien desterró a Inés y su madre lejos sin saber por qué. Todo esto ambientado en la vida cotidiana de las salitreras, y la inminente crisis que está llevando al inevitable cierre de la oficina. Esto es un resumen bastante escueto, considerando todas las aristas y sub-tramas que esta teleserie desarrolla de forma impecable a lo largo de sus 114 episodios, involucrando temas como los abusos hacia la clase obrera, las dificultades económicas, la discriminación por ocupación o nacionalidad y el machismo (todos abordados en una época en que los quiebres de la sociedad chilena eran tan o más profundos de lo son ahora). Pero las temáticas y su forma de abordarla son sólo una parte de los méritos que se gana esta teleserie.

Oficina salitrera Santa Laura, lugar donde se grabó Pampa Ilusión 
Partamos mencionando que Pampa Ilusión fue al rescate de una parte importante de nuestra historia material e inmaterial. La decisión de hacer esta teleserie de época no fue un trabajo fácil: todos los exteriores de la teleserie, que representan un alto porcentaje de las escenas de la producción, fueron grabados en las oficinas salitreras Humberstone y Santa Laura, ubicadas en pleno desierto de Atacama a 54 kilómetros al interior de Iquique. Aunque dichas oficinas contaban con el rango de Monumento Nacional desde 1970, su estado al momento de iniciar la pre-producción era deplorable debido a las décadas de abandono, constantes robos y saqueos a las construcciones, sumado a los efectos de la naturaleza sísmica de nuestro país. El equipo de producción de TVN debió trabajar arduamente para reparar y restaurar profundamente el semblante de las salitreras, todo esto con la supervisión y consulta del Consejo de Monumentos Nacionales. Gracias a este trabajo, y lo exhibido en la teleserie, el lugar pudo convertirse en un foco turístico, permitió poner en la palestra las funciones de la Corporación Museo del Salitre quienes buscaban a darles el carácter de Patrimonio a estos lugares—algo que se lograría en 2005, cuando la UNESCO nombra a estas salitreras como Patrimonio de la Humanidad. Es posible creer que sin esta teleserie y su masivo alcance a lo largo de Chile, no se habría puesto la urgencia necesaria en conservar a esos lugares que fueron escenario de una parte importante de nuestra historia.

De hecho, la historia de las salitreras no está muy presente en el área audiovisual de nuestras artes. Si bien tenemos obras musicales (“La Cantata de la Escuela Santa María de Iquique” o la canción “Arriba Quemando El Sol”) que hablan de la vida de los pampinos, son poquísimos los trabajos que retratan esta época en televisión o cine. Lo existente hasta ese momento eran obras relacionadas a la Guerra del Pacífico, cuyo móvil fue la riqueza del salitre. Pampa Ilusión profundiza la vida tanto de los dueños de las salitreras como de los obreros y sus familias, y la relación que existía entre ellos. Esta teleserie funciona como un retrato bastante fiel de las injusticias que vivían los habitantes de las oficinas, el trato que recibían por parte de sus patrones y las limitaciones económicas y sociales a las que eran sometidos. Hablamos de una historia que entrega el aspecto humano de las personas que vivieron esa época en su máxima expresión.

De izq. a derecha: Vicente Sabatini (director), Claudia Di Girólamo y Francisco Reyes







Cuando hablamos de personas, nos vamos directamente al otro gran mérito que presenta esta producción: el conjunto actoral y el trabajo realizado por cada uno. Vicente Sabatini siempre centró las historias en los personajes, y tenía la capacidad de desarrollarla con artistas de alto nivel. Cuando tienes actores de calidad, puedes crear personajes integrales, que generen un impacto en la audiencia y que puedan permanecer en el tiempo. Pampa Ilusión evidencia claramente que Sabatini no puso límites en cuanto a talento actoral se trata. Y no hablamos de cinco o seis actores de renombre. Piénsenlo así: ¿sería posible hoy en día tener en tu reparto de actores a Claudia Di Girólamo, Francisco Reyes, Héctor Noguera, Luis Alarcón, Delfina Guzmán, Eduardo Barril, Mares González, Luz Jiménez, Alfredo Castro, Ximena Rivas, Amparo Noguera, José Soza, Consuelo Holzapfel, Tamara Acosta y Néstor Cantillana? Sería mejor agradecer que hubo una producción que los tuvo a todos juntos. Cada uno de ellos trabajó arduamente en conectarse con su personaje, adecuarse a la época en que se desarrolla y darle la credibilidad necesaria para que la audiencia perciba a quienes son parte de la historia, no a los actores.

Blanca Lewin como "Clara Montes"
Al juntar ambos méritos, queda claro que conseguir una producción de época de calidad y que cuente una historia que genere empatía en el público es posible. De hecho, Pampa Ilusión fue una producción ambiciosa que marca un precedente y un estándar en lo que respecta a teleseries. Mientras la mayoría de las teleseries anteriores se desarrollaban en época contemporánea, el equipo decide arriesgarse en términos monetarios y de espacio: pensemos que grabaron en el medio del desierto, un lugar poco usual como locación, en un sitio que no contaba con agua potable ni electricidad (tuvo que adecuarse para poder recibir a los equipos de producción) y en el que había más riesgo que éxito en el horizonte. Y el riesgo era alto: pensemos que esta es parte de una sucesión de triunfo tras triunfo que había conseguido TVN en el horario prime durante el primer semestre, una racha ganadora que comenzó en 1995 con Estúpido Cupido y culminaría en 2004 con Los Pincheira, y que llevó las teleseries a todo Chile, usando locaciones en diferentes partes de nuestra larga y angosta geografía (Iquique, Zapallar, Chiloé, Pucón, Mejillones e incluso Rapa Nui) y obtenía sintonías impensadas. De hecho, Pampa alcanzó su récord en su episodio final, el cual presentaría un peak de 64 puntos de rating, con un promedio de 55 puntos, una recompensa satisfactoria para un arduo trabajo realizado.

Todo esto se plantea en un momento en que la televisión nuevamente es la fiel compañera que apaña a muchos en estos momentos de encierro, pero que lamentablemente no se condice con lo que realmente se podría mostrar. Nadie exige que sea un documental de lo que vivimos día a día, pero una pincelada a nuestra cruda cotidianeidad en una buena historia y con personajes reales (no estereotipos) no haría mal. Cualquiera podría decir que glorificar una teleserie como esta es sólo un asunto de nostalgia, y sabemos que la nostalgia es una fuerza que nos golpea frecuentemente, muchas veces haciéndonos creer que todos los tiempos pasados fueron mejores cuando en realidad no es así. Pero reconocer los méritos ganados por todas y todos quienes lograronPampa Ilusión no es un asunto de nostalgia: es simplemente aclarar que en algún momento de la historia de la televisión se podían hacer las cosas bien. Se podía crear una historia que nos recordara nuestra historia, que reflejara lo que sentimos o vivimos en la pantalla. Reconocer esos méritos es mostrar que el arte y el contenido de calidad pueden coexistir.

Pampa Ilusión no solo dejó una lección para la audiencia, sino también para quienes realizan trabajos audiovisuales. Esta teleserie logra recordarnos que antes que nosotros, hubo gente que probablemente no conocimos, personas que sufrieron problemas diferentes a los nuestros, pero que en el fondo los compartimos hasta el día de hoy. Logras sentir empatía con un personaje de ficción que representa que lo que vives hoy, ya lo vivió alguien muchas décadas antes, todo esto dentro de un producto de calidad, que estaba hecho con una visión artística, conciencia social y que no subestima a la audiencia.


Obreros salitreros, quienes inspiraron la historia de esta producción.

Para finalizar, sólo me queda recomendarles encarecidamente que la vean. De hecho, todos los episodios están disponibles en YouTube  Es un producto de calidad que no volverá a ocurrir. Estoy completamente seguro que en el futuro no existirá una producción que le iguale, menos que le supere. Los tiempos cambian, los estándares también, y lo que esta teleserie logró en su momento no se podrá repetir. Por más que queramos, los tiempos de la “era dorada” no volverán más, más aun cuando vemos que la televisión va de salida de forma lenta pero segura—no por la audiencia, sino por la gente que maneja las unidades televisivas y sus contenidos—pero no quiere decir que no se pueda aprender del pasado, de la historia que se ha construido. Por ahora, sólo queda reconocer y destacar que hace 20 años, un grupo de artistas de primer nivel supo dejar su trabajo enmarcado en la historia, y en la memoria colectiva de las y los chilenos que vieron esta ilusión televisiva como la obra de arte que fue, es y será por siempre.